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Publicado el 24 febrero, 2021

Charlie Parker vuela sobre Porreres

Fotografías de José Luis Luna
Texto por Gonzalo Nadal
Charlie Parker amb Corda - Mallorca Music Magazine
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Auditori de Porreres, sábado 20 de febrero de 2021.

La Orquestra Lauseta presenta «Charlie Parker amb Corda», de la mano del saxofonista Fran Català y el trío de jazz Ovella Negra

Charlie Parker hubiera cumplido cien años cuando el saxofonista valenciano Fran Català y el director mallorquín Xisco Amengual comienzan a dar forma una idea del de Cullera: la de reinterpretar aquellas antiguas grabaciones que se recopilaron en el álbum Charlie Parker with Strings (Mercury Records,1950). Siete décadas después, el trío Ovella Negra acompañaría al saxo alto y la batuta de Amengual dirigiría a la Orquestra Lauseta, de reciente formación y juveniles intérpretes. La apuesta era segura, a pesar de la dificultad expresiva y rítmica que supone siempre fusionar el jazz con la música clásica. Y es que la orquesta llosetina venía de interpretar con éxito, también de la mano de Xisco Amengual, su anterior proyecto de fusión Queen Amb Cordes. Admitámoslo, una empresa algo menos arriesgada que este nuevo desafío. El grupo británico ya pensaba sinfónicamente cuando componía y arreglaba sus temas rock, y la complejidad del jazz, añadía una dificultad aún mayor para unos intérpretes habituados a la zona de confort de la música clásica.

Sin dudas sobre la elección del trío. Experimentados y prestigiosos músicos de jazz habituados a la improvisación, adaptación y flexibilidad a la hora de interpretar otros estilos como el blues, el funk o el soul. Los palmesanos Joan Frontera al piano y Teo Salvà a la batería, y el argentino Pablo Martín Di Salvo al contrabajo conforman una compacta y reconocible formación de intérpretes acostumbrados a retos innovadores, arriesgados y eclécticos. Y a tocar. El resultado de generosos estudios individuales y ensayos colectivos durante semanas se presentó el pasado 20 de febrero en el Auditori de Porreres. Nunca fue tan difícil llenar un auditorio o un teatro, nunca fue tan difícil programar un recital u organizar un simple ensayo entre músicos, y nunca fue tan difícil conseguir esa mágica conexión entre artista y público una vez iniciado el espectáculo. Por eso, incluso antes de comenzar, se percibía un sentimiento colectivo de privilegio. Ese carpe diem que guio la vida y emociones de Bird, el mismo que le llevó a su prematura muerte. Vivamos intensamente cada momento. Cómo si fuera un regalo, y quizá el último. Y fue perfecto. Sobrio y elegante a nivel estético. Fiel, preciso y brillante a nivel sonoro. Emociones y reacciones contenidas bajo una tela como una puerta de ruido inesperada y no deseada. Pero quedaron unas miradas que transmitían como nunca la alegría del alma al percibir algo bello.

 

Y fue perfecto. Sobrio y elegante a nivel estético. Fiel, preciso y brillante a nivel sonoro. Emociones y reacciones contenidas bajo una tela como una puerta de ruido inesperada y no deseada. Pero quedaron unas miradas que transmitían como nunca la alegría del alma al percibir algo bello.

 

Una voz en off avisa de lo que se va a ver, y a oír. Los componentes enmascarados de la orquesta toman pausadamente sus posiciones sobre el escenario. Cuatro violines, dos violas, dos chelos, un contrabajo, una trompa y un oboe se reparten la tercera línea de un escenario donde ya espera el arpa. Breve y discreta afinación y aparece Ovella Negra. Tras el director, el solista responsable de sacar la esencia musical del protagonista ausente. Ya no se escuchó ninguna otra palabra ni voz hasta la presentación del último tema de un programa que comenzó con la lenta, melancólica y triste «East Of the Sun» de Bowman. Un tempo adecuado para que público y músicos se fueran introduciendo dulcemente en el ambiente sonoro, sensitivo y emocional de uno de los saxofonistas más brillantes e influyentes de la historia del jazz. Al escuchar los primeros acordes por violines, violas y chelos adornados con los arpegios del arpa, junto a la percutiva rítmica de una formación de jazz, es imposible no trasladarse a un ambiente cinematográfico donde la puesta en escena se visualiza de igual manera trascendental como lo hace el oído. Desde la platea uno no puede dejar de imaginarse unas cortinas de terciopelo franqueando el marco negro de una sala que proyecta un clásico de cine negro. Pero ya no con ese sonido plano y unidireccional que emitía la fuente sonora de una película. La acústica del espacio resulta limpia, clara y naturalmente paneada. La puesta en escena, impecable. La luz era bella. Localizada decidida, pero suavemente, sobre los protagonistas. Y una terna cromática de negros, naranjas y dorados que dota de majestuosidad y trascendencia la imagen de mujeres y hombres a una buscando una misma belleza a través de su instrumento. Las cuerdas ocupan discretamente el costado derecho y parte trasera del escenario. Frente a ellas y a la izquierda, el contrabajo y el piano. A la derecha el director batuta en mano, y en el centro, la percusión en segundo plano tras la figura estilizada e inmaculada del saxo alto.

Comenzó algo tímido y prudente Fran Català, dejando que de manera natural salieran de sus labios las notas del alma Parker. Esa revolucionaria manera de sentir la música y el instrumento totalmente alejada de virtuosismos gratuitos, frases largas y colas edulcoradas para una supuesta mejor recepción del aficionado que, en aquellos tiempos, frecuentaba rígidas, aburridas y melosas bigbands de jazz swingueado destinadas casi exclusivamente al baile y entretenimiento del público asistente. El músico de Kansas detestaba esos ambientes cómodos, aburridos y repetitivos. Social y artísticamente carente de todo interés para él. El estilo cortante, mordaz e imprevisible, pero técnicamente impecable y preciso de Bird no encajaba en los ambientes musicales de la época. Pero influiría para siempre en todos sus saxofonistas coetáneos y sucesivas generaciones. Fran Català recoge y adopta perfectamente ese espíritu. Lo importante es la música. Aplausos delicados y sinceros al acabar el tema que abrió la reunión. Le siguió la conocida «Everything happens to me», con una mayor presencia orquestal y unos detalles de pizzicato que adornan sutilmente la cálida y conocida melodía del standard de Matt Denis. El saxo alto ya estaba caliente, el contrabajo ajustado y el piano asentado para abordar «What is this Called love» a ritmo de swing. El público comienza a zarandearse y los dedos del solista ya vuelan sobre el metal. Ya nos sentimos inmersos, público y artistas, en el universo Parker. Ese jazz de jam sessions, de bebop, de improvisación, de vitalidad y de libre y rebelde humanidad. Y una perfección técnica del instrumento que Català mostró sin aspavientos ni adornos innecesarios. Vuelta a la calma con la triste y sensual «Laura» de David Raksin, donde comenzamos a apreciar con nitidez los impecables y certeros arreglos del baterista con la madera, huesos y escobillas sobre la piel y el metal de tambores y platos. Salvà extrae infinitos matices a sus instrumentos mientras Di Salvo nos cuenta con el contra el amargo motivo melódico escrito por desamor. Le siguió la alegre «Just Friends» de John Klenner con su potente presencia de violines y un oboe que respondía con elegancia y respeto las frases del dominante saxo. Pablo di Salvo hacía caminar el tema con un contra fiable, certero y generoso con el resto de la banda.

 

El músico de Kansas detestaba esos ambientes cómodos, aburridos y repetitivos. Social y artísticamente carente de todo interés para él. El estilo cortante, mordaz e imprevisible, pero técnicamente impecable y preciso de Bird no encajaba en los ambientes musicales de la época. Pero influiría para siempre en todos sus saxofonistas coetáneos y sucesivas generaciones.

 

Las restricciones sanitarias del momento no recomiendan pausas o descansos durante el programa pero el solista necesita un respiro y deja el escenario en la siguiente propuesta, «Blues for Alice», exclusivamente interpretada por Ovella Negra mientras los miembros de la orquesta disfrutan atentamente mientras descansan sus instrumentos. También lo hicieron en la siguiente «Scrapple from the apple», ya con un saxo otra vez acompañando al trío y que aprovechaba para hacernos revivir esas jam sessions libres e irreverentes que Parker tanto frecuentó en Nueva York y que moldeó y marcó su estilo de tocar para siempre. Con «They can´t take that away from me» de George Gershwin vuelve al escenario Xisco Amengual y, con él, una orquesta cada vez menos tímida que ya no dejará de sonar hasta el final del espectáculo. Joan Frontera y Pablo Martín dieron una auténtica masterclass de cómo animar a caminar al resto de músicos sobre el escenario, mientras Amengual apuraba su atención en el final de cada fraseo de los solistas para dar entrada a las cuerdas frotadas en el justo momento y con la intensidad deseada. Sus miradas cómplices con el intérprete levantino eran constantes, pero siempre discretas.

Toda esta energía se dobla en «Rocker» de Gerry Mulligan, tempo corto donde el virtuosismo del pianista luce en todo su esplendor. Continuamos con la maravillosa «Easy to love» de Cole Porter y un majestuoso inicio de la sección de cuerdas y el oboe que dan pie al saxo más Parker de Fran. El baile continuo entre cuerdas y vientos embriaga y seduce por completo al auditorio. Nos acercamos al final y Català escoge un pastel clásico, seguro y muy dulce antes del último tema. El «Summertime» de Gershwin. Pero no resulta empalagoso y consigue controlar esa tendencia al exceso expresivo que provoca siempre una melodía archiconocida hasta para el oyente menos, o nada, habituado a escuchar jazz. Como era de esperar, fue el final de una interpretación más fuertemente aplaudida desde el patio de butacas.

Y llegamos al final tras una hora que abarcó el mundo sonoro de aquel músico apodado «pollo de corral» en sus dubitativos y a veces decepcionantes inicios como músico profesional. El recurrente rechazo de la Sociedad a lo nuevo y desconocido. No fue una sorpresa que el programador escogiera «Yardbird Suite» para finalizar la velada, la única obra propia del músico estadounidense de todo el programa. Escrita y arreglada para el disco recopilatorio de 1950, finalmente no fue grabada. Fue la excusa para que Fran Català hablara por primera y única vez al público, agradecer la presencia del espectador e invitar a subir al escenario al trompetista porrerenc Bernat Xamena. El dúo de pitos solistas sonó espectacular. Destacó la fuerza, precisión y decisión de Xamena con su instrumento, nada fácil de conseguir en tu primera y única intervención en un recital. Y generoso el control del saxofonista durante toda la interpretación para no desviar el momento estelar de su amigo durante sus diálogos.

Un abrazo sincero concentrado en los puños de ambos músicos cerraba un programa exquisito e impecablemente ejecutado. Y como no, el bis de rigor. Una pieza corta de blues donde voló la libertad expresiva de los cuatro jazzmen. Y nada más. Vuelta a casa que se hacen las diez. Y bajo el alma, un regalo.

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Fotógrafo de la escena musical española y local desde 2010.
Colaborador de festivales y revistas de ámbito nacional, ha expuesto en diversas ciudades españolas y en el extranjero.
Fotógrafo en Mallorca Music Magazine.

Músico, cocinero y periodista. Toca en 'Sweet Mango Band Jazz Live Events' , 'Elisa R' y 'Lost in Translation'. Ha colaborado como crítico de música y cine, cronista cultural y deportivo, y redacción reportajes informativos, divulgativos y publicitarios. Ha trabajado para Europa Press, Diari de Balears, Última Hora, No Badis, Balearic Home and Living, entre otros y Productoras tv como LC y CEF, Telefonica y gabinetes de prensa. Aprendiz de todo y maestro de nada.

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