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Publicado el 29 marzo, 2021

Ellington, Mingus y Coltrane: nueve días para la gloria

Por José Luis Miró
Duke Ellington - Mallorca Music Magazine
Duke Ellington

Duke Ellington –no se suele destacar lo suficiente– nació en 1899; es decir, en el siglo XIX. Si se observa su trayectoria a partir de este dato, no cabe duda de que fue uno de los músicos más revolucionarios de la historia. Su obra está en el frontispicio de la cultura americana, que es la cultura universal y popular del siglo XX, y su personalidad artística tiene escasos parangones. Como dice un buen amigo, Duke es un «top 3» a criterio de cualquier persona mínimamente sensible e informada.

Hablamos de un hombre que contribuyó al desarrollo del jazz desde mediados los felices años 20, como líder de la célebre orquesta del Cotton Club de Harlem, y que permaneció activo hasta el día de su muerte en 1974, siempre con un pie en el clasicismo que él mismo había inventado y el otro en la vanguardia. Dicho de otro modo: Duke Ellington nunca dejó de innovar sobre las bases de su propio legado. Y eso lo convierte en mucho más que un grandioso compositor y un intérprete de primera línea. Un genio.

No vamos a entretenernos aquí en su inabarcable trayectoria, ni creo que valga la pena insistir en su grandeza. El motivo de esta pieza no es contar lo que todo el mundo sabe, sino recalcar la osadía con la que Duke Ellington afrontó la etapa final de su carrera, cuando lo confortable –y lógico– hubiera sido disfrutar de los réditos de su obra y de su status de padre fundador del jazz. Podría haberse relajado, nadie se lo hubiera podido reprochar, pero prefirió seguir explorando las posibilidades de su arte, y, quizás lo más destacado, lo hizo reconociendo la valía de los artistas que habían puesto patas arriba su herencia musical.

Duke Ellington - Money Jungle - Mallorca Music MagazineEn apenas nueve días del mes de septiembre de 1962 Duke Ellington grabó dos obras que demuestran su capacidad de innovar en la linde de la edad de jubilación. A la primera de ellas, Money Jungle, interpretada a trío junto al tempestuoso contrabajista Charles Mingus y al batería Max Roach, se le pone la etiqueta post-bop, que viene a ser el estadio inmediatamente anterior al free jazz. Es una barbaridad de disco, del primer al último corte, una de las sesiones más orgánicas y salvajes de aquellos años ya de por sí convulsos. Y probablemente de la historia.

Ellington fue quien, a través del productor Alan Douglas, propició el encuentro. Él eligió a sus acompañantes, a los que admiraba y respetaba, y sólo él sabía el producto que quería que resultara aquel 17 de septiembre de los Sound Makers Studios de Nueva York. Se sacó de la manga varias nuevas composiciones y, sin ensayo previo –los tres se negaron de plano a probar–, la banda se arrojó literalmente sobre las partituras; o mejor dicho, sobre unas cuantas someras anotaciones. A tumba abierta.

La sesión se tuvo que interrumpir cuando Mingus, que había sido maltratado de pequeño por no ser ni blanco ni negro, y que tenía la apariencia de un oso y el genio corto, abandonó la sesión descontento con el trabajo de Max Roach. Se cuenta que Ellington, ¡el mismísimo Duke Ellington!, tuvo que perseguirle por la calle y convencerle para que volviera al estudio. Roach dijo después que lo que había cabreado a Mingus había sido no poder incluir ninguna de sus composiciones en el álbum. El caso es que Charlie regresó y terminó su trabajo, a regañadientes.

No resulta fácil definir esta especie de reyerta musical en la que Duke explota su faceta menos formal, Max Roach parece –en efecto– ir a su bola y Mingus le saca a su contrabajo sonidos inquietantes. El primer corte, el que da título al disco, es toda una declaración de principios, una apelación a los instintos más primitivos de los músicos, y también del oyente. Sin embargo, mi favorita es la canción que le sigue, African Flower, que os picho aquí para vuestro deleite. Puro impresionismo. No dejéis, en cualquier caso, de escuchar el álbum entero en un equipo en condiciones y sin que nada os distraiga. La experiencia no os dejará indiferentes.

Duke Ellington - African Flower

Dos maestros frente a frente

Duke Ellington & John Coltrane - Mallorca Music MagazineEl segundo disco de esos días gloriosos de 1962 reunió el 26 de septiembre a Ellington nada menos que con el saxofonista John Coltrane y parte de su sección rítmica, con Elvin Jones a la batería y Jimmy Garrison al contrabajo. También participaron Sam Woodyard (batería) y Aaron Bell (contrabajo), músicos de la confianza de Duke. La diferencia salta al oído cuando son unos u otros los que acompañan a la pareja protagonista del álbum.

La sesión, propiciada por el productor Bob Thiele y editada por Impulse!, tuvo lugar en el famoso estudio de Rudy Van Gelder, en New Jersey, y discurrió por derroteros muy distintos a la anterior. No hubo broncas ni colisión de egos y, aunque una vez más Ellington fue quien aportó la mayor parte del material, Coltrane se mostró en todo momento muy respetuoso. Para él, dijo después, fue un honor trabajar junto a Ellington. El saxofonista se quedó con ganas de repetir todas las canciones, pero, una vez más, el disco se registró en una sola jornada y no hubo tiempo para nada más. Y nada menos. Mi corte preferido es este Stevie, tal vez el que mejor compenetra los estilos dispares de estos dos colosos del arte musical.

Duke Ellington & John Coltrane - Stevie

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Periodista desde 1991. Familia, hard bop, mar, boxeo y rock. Por este orden. Team Frazier.

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