
Sant Joan, Santuari de la Mare de Déu de Consolació, viernes 11 de julio de 2025
Brumas de tradición y vanguardia
La Lluna en Vers fue testigo de una noche suspendida entre lo ancestral y lo espectral, entre el humo y la raíz, entre la bruma electrónica y la memoria del cancionero
Por Carlos Fernández (ver galeria)
La espera valió la pena. Aunque un fallo en la alimentación eléctrica retrasó casi una hora el inicio del concierto, nadie se movió del Puig de Consolació. Pasadas las diez de la noche, cuando por fin arrancó el sonido, lo hizo con una promesa cumplida: la de un viaje sensorial y espiritual a través del imaginario de Maestro Espada, el proyecto de los hermanos murcianos Alejandro y Víctor Hernández.
Les acompañaba en esta ocasión Raúl Frutos, miembro de la inclasificable y reverenciada banda murciana Crudo Pimiento, que asumió la batería aportando un armazón sonoro preciso, rotundo, casi tribal en algunos pasajes. Al presentarlo, los hermanos no contuvieron su emoción: «Cuando empezamos éramos solo nosotros dos, y ahora, a medida que el proyecto ha ido creciendo, no sabéis la emoción que nos hace que nos acompañe sobre el escenario Raúl, del que somos auténticos admiradores».
Juntos, desplegaron una propuesta que escapa a cualquier etiqueta, aunque el punto de partida esté claro: el folclore, lo popular, lo oral. Lo que se cantaba en los surcos del campo, en la intimidad de la faena, en esa España rural y viva que aún palpita si se sabe escuchar. Pero como bien reconocieron sobre el escenario: «Estas canciones nacen de la tradición, pero nos las hemos llevado tan a nuestro terreno que ya no suenan a nada tradicional. Ahora son de cualquier sitio».
Y así fue. Porque lo que Maestro Espada trae no es una postal del pasado, sino una relectura poderosa y personalísima: laúdes procesados, sintes envolventes, castañuelas en la niebla.
En ese mismo espíritu de mestizaje sonoro, sobre el escenario se intercalaban, sin jerarquías, sintetizadores y guitarras eléctricas, voces distorsionadas y una castañeta fabricada con una caña de río. Elementos humildes, artesanales, puestos al mismo nivel que la electrónica más densa, en una coreografía instrumental que parecía estar reinventando la música popular en tiempo real.
En ese mismo espíritu de mestizaje sonoro, sobre el escenario se intercalaban, sin jerarquías, sintetizadores y guitarras eléctricas, voces distorsionadas y una castañeta fabricada con una caña de río. Elementos humildes, artesanales, puestos al mismo nivel que la electrónica más densa, en una coreografía instrumental que parecía estar reinventando la música popular en tiempo real.
Y niebla, literalmente. Las máquinas de humo trabajaron a pleno pulmón durante todo el concierto, envolviendo al trío en una bruma densa, casi mágica, que transformaba el escenario en un sueño espectral. Los juegos de contraluces recortaban los contornos y dificultaban la captura visual. Difícil para los fotógrafos, sí, pero hipnótico para los presentes, que se entregaron al viaje en un silencio reverente, casi litúrgico.
En ese ambiente flotante, se sucedieron canciones de su debut, que es tanto archivo como laboratorio. Sonaron piezas recuperadas de la tradición murciana, pero también composiciones propias, como la notable «Carriles», donde la lírica contemporánea se mezcla con pulsos de raíz. Y hubo lugar incluso para la sorpresa: una versión ralentizada y onírica de «Maquillaje», de Alaska, incluida en la banda sonora de la serie de televisión Reina Roja, que acabó de sellar la noche con un guiño pop inesperado.
El momento más emotivo, sin embargo, vino con la mención a Rafel Ginard i Bauçà, alma de Sant Joan y autor del monumental Cançoner popular de Mallorca, con más de quince mil canciones recopiladas. Los murcianos no dudaron en rendirle homenaje, y lamentaron no haber tenido precursores equiparables en su tierra: «Allí nos ha tocado ir puerta por puerta para tirar del hilo y dar con lo que se cantaba», confesaron. Una reflexión que redobló el sentido del concierto: no solo música, también memoria.
Durante algo más de una hora, que pareció fugaz, el Puig se convirtió en un espacio suspendido donde el tiempo se ralentizó y las canciones flotaron como espíritus sonoros. Al finalizar, el público rompió el recogimiento con una ovación unánime y se puso en pie para pedir un bis que, fiel al misterio del conjunto, no llegó.
Pero no hizo falta. La música ya había hecho lo suyo: dejar una huella. Y la luna, como buena testigo, regó de luz un escenario donde se cantó lo antiguo con voz nueva, y lo rural sonó más universal que nunca.
Publicado por:
Cinéfilo que ha descubierto otro placer en la música en directo. Amante de la fotografía, de las primeras filas y de gritar las canciones hasta quedar afónico.




































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