
Calvià, domingo 14 de junio de 2026
Habrá que quererle como es
El astro mediático francés abarrotó la cancha más grande del festival, convirtiéndola en un pub espumoso merced a una selección musical elemental, donde Meduza no aportó y Miss Monique sí y bastante.
Víctor M. Conejo
Antonio Sureda (ver galería)
Qué maravillosas son las paradojas del mundo moderno. Qué bien lo describen. Por ejemplo, que ante una misma experiencia, a unas personas les parezca grandiosa y a otras de una simpleza descollante.
El francés David Guetta, DJ, productor, promotor musical y también inmobiliario, vino para cerrar la edición de 2026 del Mallorca Live Occident, y a tenor del llenazo absoluto frente al Escenario Estrella Damm, el más grande de todos, fue un acierto popular. En lo artístico, es indiscutible que tiene unos cuantos temazos de pop discotequero y EDM diseñados con suma eficacia para vociferar y brincar.
El set desplegado por Guetta convirtió a la ingente masa y al abarrotado espacio en un pub de Magaluf, en una verbena espumosa. Otra no contradicción, pero sí imagen chocante: predominio de estilismos eivissencs y de white party, frente a un cancionero llano, brincado hasta la saciedad. Sus hits son como son, nadie les dará una estrella Michelin y son la posición del misionero de la emotividad. Es una baza infalible poder comenzar con un pepino como «Titanium» y después soltar «Memories». Aún así, llamó la atención lo obvio del resto del listado («What is love?», «Satisfaction», «Love tonight», «I’m blue»), casi todas con un mínimo trabajo de rework y reedit, ni siquiera remix. ¿Funcionó? Desde luego funcional fue.
Otro aspecto que llamó muchísimo la atención fueron sus maneras a la cabina. Sorprende que alguien que se mueve al nivel y dimensión que él se mueve desde hace décadas, pueda ser tan tosco. Tal vez tenga que ver lo que reveló al coger micro en el segundo tema: más ronco que una tráquea de uralita, dijo “Siento lo de mi voz, pero últimamente he estado demasiado de fiesta”.
La mayoría de mezclas y transiciones las resolvió de golpazo, incluso bastantes de ellas a destiempo. El método “1-2-3-4-adentro” a la hora de pinchar puede generar mucho dinamismo, pero no fue el caso. También muy chocante cómo cortaba el sonido a trompicones para hablar, como si los faders estuvieran sucios. En general, quien esperara delicadeces y cualquier atisbo autoral no lo encontró. Otro dato, a saber si significativo: en cuanto al horario anunciado, acabó un cuarto de hora antes.
Y la pantalla de vídeo, el “monolito”, sí, muy grande, y poco más. Ahí vimos no salvapantallas de Windows 98, pero tampoco mucha creatividad. En resumidas cuentas, su posición en la industria musical de la electrónica más accesible es tan avasalladora, que habrá que quererle como es.
En cuanto a la previa, con Meduza todo sonó no asequible sino hiperobvión, por tanto fue el warm up ideal para el francés. Las cotas más interesantes las puso Miss Monique. Con muchísimo más vocabulario, su selección musical transitó muy eficazmente desde lo asequible hasta lo genuino. Estiró cuando hacía falta con flow y hasta suciedad muy bien entendida, también con inmediatez y perspicacia resolutiva cuando hizo falta.






















































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