
Viernes 22 de mayo en la Sala Zero de Es Gremi
Cercanía y emoción
Andrea Arroyo
Carlos Fernández (ver galería)
La noche del viernes Es Gremi se llenó de una especie de ambiente emocional y de desconexión. The New Raemon y McEnroe llegaron a Palma para demostrar que su colaboración es un encuentro natural entre voces, canciones y maneras de entender la música. El concierto, enmarcado dentro del ciclo Friday I’m In Love, fue de esos momentos que invitan a olvidarse del ruido de fuera, del cansancio de la rutina y simplemente parar a escuchar.
La Sala Zero se llenó desde el principio de una sensación de intimidad. Durante un par de horas dejó de parecer una sala de conciertos para convertirse en algo mucho más cercano, casi como el salón de casa. No hizo falta demasiada escenografía; como resumió con humor Ramón Rodríguez, aquello eran simplemente “dos tíos con dos guitarras”. Y en realidad no hizo falta nada más.
Lo que también hizo especial la noche fue su cercanía y su honestidad absoluta. Ya fuese afinando entre canción y canción, o explicando el origen de algunos temas, la conexión e interacción con el público fue constante. El concierto avanzó entre temas que emocionan, contrastando con pequeñas anécdotas improvisadas que arrancaban sonrisas entre los presentes. Nada parecía pensado para impresionar, y precisamente por eso sorprendía todavía más. Todo sonaba natural, humano, sin esa barrera invisible que tantas veces separa al escenario del público.
Escuchándolos, encuentras ese equilibrio entre melancolía y sensibilidad que caracterizan las letras y melodías de The New Raemon y McEnroe, que consiguen crearte un vínculo con ellas. Porque como ellos mismos reivindicaron durante la noche, sus canciones no son tristes: son bonitas. Y puede que ahí esté la clave. En esa capacidad de conectar con una parte muy concreta de uno mismo, de remover recuerdos o emociones sin necesidad de caer en el dramatismo.
Hicieron un recorrido por algunos de sus temas como «Banderas Rojas», «Malasombra», «Baile que bailo» o «Por fin los ciervos», dejando claro hasta qué punto sus voces se entienden y se complementan. Después tocaron algunos temas individuales como «La cafetera», una de esas canciones que, personalmente, tenía muchas ganas de escuchar en directo.
El cierre llegó con «El amor» interpretada juntos, poniendo el broche final a una noche que parecía no querer terminar. Aunque ya lo habían avisado con humor desde el escenario: no atenderían al clásico reclamo de “otra, otra”. Y lo cumplieron.
No hizo falta un gran final. Solo ellos siendo ellos y uniendo sus vozarrones hasta el acorde final. El público respondió con un largo y merecido aplauso –más cercano al agradecimiento que a la euforia–, por remover y transmitir tan buena energía tanto con sus canciones como con su cercanía.






































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