
8.500 personas en Son Fusteret, multigeneracional es decir poco porque vi gente de 15 a 75 años, arranca el concierto con vídeos hipercoloristas en los dos pantallones laterales. Casi Disney (juraría haber visto a Nemo en las animaciones). “Qué colorinchi”, oigo. Era trampa: ¡BOOM! y arrancó la música. Cómo no, con merengazo. Con «Rosalía». ¿Coñita con la diva?
El cantante lleva dedo constante en el oído para sentirse afinado a pesar de los in-ear. La vieja escuela sabe muy bien lo que hace, porque también marca la senda a la nueva. Siempre lo ha hecho, y poco se ha reconocido la histórica afinación perfecta de este intérprete en todos los géneros y escalas que transita, que son una pila. La segunda canta “nada es como tú”, y el público se la adjudica al que canta.
Luego el maldito y su megabanda de forajidos infalibles van y suelta el temardo «La llave de mi corazón». Por esto y treintaynueve cosas más este hombre y sus colaboradores han renovado y enriquecido tantas cosas y tantas tradiciones y tantas músicas.
Con la cierta pereza que da contar cuánta gente hay sobre el escenario porque hay un ejército, y benditos todos porque suenan tajantes, a los pocos sones y las pocas síncopas Juan Luis Guerra y sus 4.40 han evidenciado, queriendo o sin querer, que son unos mayúsculos de las savias latinas. Gigantesco el capitaleño en Son Fusteret. Hoy todos los goles los han marcado él y su banda [recordemos que la actuación tuvo lugar el día de los cuartos de final del Mundial España-Bélgica].
Chutes gigantes de confeti para todo el mundo, y nos vale porque vaya vibra no sino vibrón. Por cierto, los cienmil hijos de San Luis que forman la banda van uniformados, y este que firma se ha dado cuenta a la media hora de concierto, así eran los múltiples estímulos sonoros y visuales que estos certeros iban lanzando.

El bolo tuvo de todo, hasta generosidad: Guerra cedió amplio espacio a Roger Zayas-Bazán, uno de los cantantes y miembros fundadores de la agrupación 4.40, voz grave, emblemática y acompañante desde el día cero. También a Janina Rosado, teclista principal, pianista y directora musical del combo. De hecho, la agrupación no la presentó el líder, sino Zayas.
Después del protocolo, impro de percutas gloriosa. Que acabó con “Qué viva España”, y venga va se la acepto por ser el día futbolero que es. Y más temardos: «Visa para un sueño», una de las mayores hostias de los 80-90 que explicaba con tanto desparpajo de cintura como dureza la manera de funcionar de aquel mundo. O «Mambo 23» y su biblia: “Los muchachos en el drink del barrio nunca se doblan”.
Cómo no, aludió a la actualidad: “La gente se tira por el uasap / no me gusta la cosa”. También cuando apuntó “Ya saben que España ganó 2-1”.
Hubo tanto de todo que también dio paso a la novedad, “Este es un merengue nuevo”, enésimo merengazo glorioso tras el cual pilló megáfono. Fue con «El costo de la vida», que merece y mereció como mínimo jugar la final. Con ese africanismo que también tributó, honró y devocionó.
Primer fin: imagen en blanco y negro de algo tipo Bronx, e icono lluvioso encima. ¿Por qué? Porque se viene «Ojalá que llueva café». Con el temón universal llegó la celebración mundial: “Cuánta gente de Mallorca”, “Cuanta gente venezolana, un abrazo”, “Cuanta gente dominicana, de Nicaragua, Nigeria, Argentina”, “Sean todos bienvenidos”. Y un “Vamos con una buenísima para todos para bailar” anticipando el pepinón «Si tú no bailas conmigo». Ahí él mismo cogió la hoy día omnipresente cámara en el escenario para enfocar al público. Luego, «Las avispas» para que nadie se pinche ni se mortifique.
La del bis oficial se hizo esperar. Silencios, visuales, pasajes musicados, booms, hasta hacer lo que nadie más, solo esta gente, tiene el privilegio de poder hacer: tocar «A pedir su mano». A lo cual siguió otro privilegio y enésimo culmen: «Bachata rosa».
Y más, y más, y más. Porque sí: cerró con «La bilirrubina».









































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