
Palma, viernes 25 de octubre de 2024, Trui Teatre
Vacaciones en el mar con luz de luna
XVII Jazz Voyeur Festival (jornada inaugural)
José Jamés (voz), O’Mitchell Henry (piano y teclados), Yves Fernández (bajo) y Jharis Yokley (batería).
Yelfris Valdés Quartet: Yelfris Valdés (trompeta), Yandy Martínez (bajo), Sergi Sellés (piano y teclados) y Julio César Gispert (batería).
Por Víctor M. Conejo
José Luis Luna
Estreno en concierto doble de la 17ª edición del festival Jazz Voyeur, con el público entrando y multitud todavía de pie, para acabar sin querer salir y aún más de pie. Abrió telón Yelfris Valdés, cubano de nacimiento y nuevo mallorquín residente, en formato cuarteto bastante todopoderoso. Arrancaron en modo groovero y cavernoso, para evolucionar a boleroso y seguir melódico. De todo parecía capaz el combo, y en todas las acepciones el líder petó pistones. En media hora escasa de bolo sentó cátedra de conocimientos, recorrido y propuestas. Además, a menudo hizo algo que me gusta: escenificar como que se desfonda para acabar cada tema. Con sonido más cosmopolita que de arrabal, el afrocubano desplegó más sofisticación urbanita que esencia tradicional, y la alineación que le acompañó sonó igualmente entre rotunda y mayúscula, regalando inspirados bosques de notas desde las respectivas maderas del mástil, el teclado y las baquetas.
El norteamericano de Minneapolis José James contó que nació en 1978 y que ahí sigue viviendo. Lo escenificó con un enorme «1978» como telón de fondo, y lo explicitó con un recital elegantón dirigido por su voz, perfectísima como el tronco de un árbol: recia, rectilínea, gravosa. Concierto eminentemente cadencioso, nos llevó de vacaciones en el mar con luz de luna. Todo con gusto y hemeroteca ejemplar (¡qué temazos de cabecera tenían aquellas series!). Ya en el inicio soltó algo de beat box y loops vocales, ejemplificando la heterodoxia que ha elegido. Así se autodefinió: «The jazz singer of the hip hop generation».
La banda sonó como engranajes que se iban encontrando, es decir, muy viva y real. Para la perfección académica ya están auditorios y copetes, y no estábamos ahí: el intérprete se empeñó que aunque buscara lo sublime no desdeña en absoluto el ambiente festivo, por mor de ello al poco de concierto ya había público de pie bailoteando. Quiso ser espontáneo y lo pareció, al bajarse a pasear por la platea mientras el teclista se marcaba unas evoluciones fantásticas. Después, volvió al recurso no de rapear ni de hacer scat, sino como de meterle un fader a su voz. Instantes más tarde, esta vez sí, se puso a rapear. Fue su primer solo vocal y ya triunfo: no solo convenció sino que arrasó cuando, en una larga evolución, le quitó metrónomo, afinador y partitura a la voz para meterle platos y aguja. Ahí hubo culmen y vendrían más.
Solo tengo una norma: que os lo paséis bien. Este es el último concierto de esta gira, veamos cómo sale.
Tras anunciar que se trataba de su primera visita a la isla, contó su visión de que «el jazz es improvisación, por eso lo mezclo con hip hop, rock, funk, soul». Glosó su año de nacimiento por la infinidad de estilos mezclándose sucedida en aquellas épocas, culminando con sentencia de cercanía: «Solo tengo una norma: que os lo paséis bien. Este es el último concierto de esta gira, veamos cómo sale». Y salió porque se salieron él y su banda. Por ejemplo cuando el bajo guió con una línea, cómo no ideada y escrita en 1978, que merece ser definida como «bassploitation» por su progresión desde el disco hasta pre-house. Y la gente, cómo no, seguía bailoteando. «¡UH-LA-LA!», se oyó no como frase sino como deleite.
Tras un despiporre de jugar, grabar y disparar pistas de su voz con el pedal de loops consiguió mantener a toda la platea en silencio solemne. Olé especial al órdago de aguantar a capela un minuto largo. Después, más decidida naturalidad: se puso a grabar con su móvil las intervenciones de sus instrumentistas. En definitiva, el jazz en el repertorio de James tuvo su hábitat y hogar en su voz, reforzada musicalmente por el setenterismo distinguido. Y si a alguien le pudo parecer que hubo poco jazz, que le pregunten a Bill Withers. Probablemente pensará lo que la mayoría: fue un día encantador.













































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