
Palma, viernes 7 de mayo de 2021
Concierto de Albert Pla en el Trui Teatre de Palma
El cantautor catalán, de gira estatal con su nuevo espectáculo «¿Os acordáis?», recaló en Palma y ofreció un recital sin ganas, poco pulido y sorprendentemente aburguesado. Aún así, siempre merece la pena verle.
Un poco de Pla es mucho. Sí, pero ¿es suficiente? Esta vez no lo fue.
Eterno dilema el de si al artista se le debe valorar por su capacidad para generar obra, o sólo por su obra finalizada. Y más eterno aún el de si la percepción de ese valor debe de depender de lo que ha costado disfrutarlo. Esta vez no valió lo que costó. La calidad final de la obra no justificó su bajo rendimiento y su casi nula implicación con un público que llenó quinientas butacas de un teatro que hubieran sido mil sin restricciones sanitarias. Un respetable que le recibió con ansia, entusiasmo y cariño nada más aparecer en el escenario con su instrumento y sus harapos medievales.
Sin duda valió la pena ir para muchos que llegaron al teatro palmesano con pocas referencias en vivo de este cantautor, actor, escritor y pensador con una carrera creativa de casi cuarenta años y que siempre ha ofrecido una obra sólida, libre, auténtica, única y coherente. Pero decepcionó a aquellos para los que Albert Pla es un referente en un tipo de espectáculo arriesgado, valiente y transgresor destinado a remover consciencias, quitar máscaras y contar lo que nadie cuenta pero muchos piensan. Por similar contenido y mensaje en sus letras a otros los procesan e incluso los encarcelan, pero el catalán lleva desde finales de los ochenta sorteando censuras y jueces gracias a su hábil adopción de un personaje infantil e inofensivo que, por mucha apología de violencia, anarquía y caos social que profese, no genera apenas rechazo social y, menos aún, jurídico.
… Si a esto le sumamos una cercanía natural e innata, una educación extrema en el tú a tú y una sonrisa final burlona pero encantadora, tenemos lo que le faltó a Rubianes: resultar inofensivo al enemigo y por tanto no perseguible.
Pla genera lo de aquella niña que en un directo de televisión le preguntaron en el colegio qué había pedido a los reyes Magos y respondió, llena de ira, que quería «bombas de destrucción masiva para lanzarlas sobre su colegio y así acabar con los profesores y las clases». Nadie se escandalizó por ese deseo de terrorista psicópata hecho mensaje viral en zappings televisivos destinados a esbozar sonrisas. Su secreto es lanzar el mensaje más provocador siempre desde un personaje cándido, ingenuo, de voz infantil y susurrante, ademanes finos, elegantes y hasta amanerados destinados a provocar ternura y compasión. Discurso hecho canción en una estética sencilla, única, asexual y atemporal.
Una personalidad artística que mantiene estoicamente durante todo el espectáculo e incluso en entrevistas y demás apariciones mediáticas. Si a esto le sumamos una cercanía natural e innata, una educación extrema en el tú a tú y una sonrisa final burlona pero encantadora, tenemos lo que le faltó a Rubianes: resultar inofensivo al enemigo y por tanto no perseguible. Albert Pla es el auténtico bufón moderno, carente de autoridad pero el único del vulgo con potestad para menospreciar, ridiculizar e incluso insultar al rey sin consecuencias. Probablemente aquellos bufones del medievo eran las personas más sabias de la Corte y sabían donde estaba el límite. Pla lo ha sabido siempre. Y el secreto también: respetar al respetable y, si faltan fuerzas, ganas o recursos, compensarlo con amor, ternura y agradecimiento.
No lo hizo. Se limitó a repasar éxitos de su carrera, sin apenas personalización hacia un público concreto y con escasa intención de empatizar. El personaje puede ser despreocupado hasta la dejadez, pero el artista no. La persona puede estar cansada y aburrida de una extenuante y frenética gira como un día de la marmota más, pero el personaje no. Si hizo prueba de sonido, no la acabó. Si hizo prueba de luces, no le bastó. Si se preocupó por escoger el mejor micro, el mejor atrezzo y el mejor bafle, no le cundió. Si decides girar con un show low cost pero pones entradas a precio premium, al menos ponle alma y, si tienes unos días de esos sin alma, ponle profesionalidad para dignificar al oficio y agradecer a quienes, como él, fomentan la cultura que tanto defiende.
Y ahora empecemos la crónica artística del espectáculo para todos aquellos que acudieron con pocas referencias y expectativas. Platea llena que arrancó en aplausos y vítores nada más aparecer por un costado del escenario con una túnica medieval sobre su cuerpo desnudo calzado en katiuskas, una guitarra española y un micro inalámbrico tipo diadema que le permitía esa libertad de movimientos que siempre ha aprovechado en sus recitales para acercarse, física e intelectualmente, a los presentes. Nada más sobre el escenario salvo una butaca moderna con aire retro rescatada del hall del mismo teatro. Y un monitor horriblemente elevado sobre una mesa entelada que rompía toda coherencia estética en escenografía y arruinaba cualquier intención de realizar una bella composición fotográfica. Qué diferencia con la bella, espectacular y poética puesta en escena de su anterior Miedo. Pero poco importa cuando eres el Albert Pla capaz de ser interesante y brillante en cualquier entorno. También disponía de un pequeño mando desde donde, en algunos pasajes de su cuento, accionaba la máquina de humo oculta bajo el sillón y controlaba algunas luces del escenario de manera voluntariamente torpe.
Aunque ejecutó los temas con corrección, sonó y se le vio sin ganas, algo forzado y poco natural. Ni siquiera la prematura interpretación de la canción que da nombre a la gira le sirvió para conseguir el feedback de costumbre.
Arrancó con tres acordes rumberos y el público acompañó entusiasmado con palmas. Y a partir de ahí fue como escuchar en el salón de tu casa un par de grandes éxitos por disco de su carrera. Ni morcillas, ni adaptaciones al momento y lugar, ni monólogos o diálogos espontáneos con los asistentes salvo un instante de reproche a un observador que desde la tercera fila grababa con su móvil con la linterna encendida. Eso le molestó y le despistó hasta finalizar prematuramente su interpretación.
Aunque ejecutó los temas con corrección, sonó y se le vio sin ganas, algo forzado y poco natural. Ni siquiera la prematura interpretación de la canción que da nombre a la gira, más de diez minutos de cantata medieval donde, desde una letra ambigua, describe cómo supuestamente nos ha cambiado la vida en el último año, le sirvió para conseguir el feedback habitual. Momentos tímidamente estelares con «Carta al rey Melchor», «El sol de verano», «Insolación», «Marcelino» y el único pasaje de la noche donde pudo verse al artista que esperábamos, cuando el teatro se hizo negro y el cantor, con linternas en la cabeza cual espeleólogo, bajó a la oscura platea y exploró las filas de butacas interpretando «El lado más Bestia de la Vida», su particular versión del éxito de Lou Reed que se ha convertido en himno entre sus seguidores.
Y poco más. El mismo repertorio y la misma interacción que estos días puede ofrecer en Madrid. Ni siquiera su tema «Antonia Font», lo único especial y diferente que regaló en Palma, se vivió como un guiño a quienes tenían delante. ¿Os acordáis de cuando Albert Pla era bueno? Claro, fue ayer, y será mañana. Pero no lo fue el pasado siete de mayo.


























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