
Viernes 14 de agosto en Calvià
Caer, levantarse y seguir bailando
Carlos Fernández
Xavi Vidal (ver galería)
Vaya por delante que no soy seguidor de Delaossa ni el género urbano suele ser el que más escucho. Pero había curiosidad. Mucha. ¿Quién era ese artista malagueño capaz de reunir a una legión de seguidores, muchos de ellos muy jóvenes, y acumular millones de oyentes mensuales? La respuesta empezó a llegar desde los primeros minutos del concierto del pasado viernes en Es Jardí y terminó siendo bastante contundente: Delaossa es, sobre todo, un animal de directo.
La jornada había comenzado unas horas antes en La Isla, el escenario situado en la zona de restauración de Es Jardí y que sirve como particular zona de calentamiento antes de los conciertos principales. Pasadas las ocho de la tarde, Serralta Players fueron los encargados de poner las primeras rimas y bases a una tarde que iría creciendo en intensidad hasta desembocar, ya entrada la noche, en el concierto de Delaossa.
Llegaría a las diez en punto, acompañado por teclados, guitarra, bajo, percusiones y dos coristas, para presentar un espectáculo construido como un viaje cinematográfico dividido en cuatro actos: “Inocencia”, “Delirios de un adolescente”, “Rehab” y “La madrugá”.
El primer acto nos llevó hasta El Palo, Málaga, entre 1993 y 2007, a los años de infancia y juventud. “Así es como nos criamos, la juventud es una placita”, explicaba el cantante mientras desgranaba canciones que hablaban de sus orígenes y que eran coreadas de principio a fin por un público mayoritariamente muy joven. Su música, lejos de limitarse al rap, mezcla bases urbanas con rumbas y sonidos profundamente arraigados en Andalucía, construyendo una identidad que mira constantemente hacia sus raíces.
También hubo espacio para hablar de Mallorca y de aquellos primeros trabajos detrás de una barra. “El primer curro casi siempre ha sido detrás de la barra de un bar, dando de comer a gente a veces maleducada, a guiris, que aquí en Mallorca también entendéis de eso”. Una frase que arrancó algunos silbidos y protestas contra el turismo masivo, antes de que la música volviera a tomar el protagonismo.
El segundo acto cambió radicalmente el escenario. Una moto de agua apareció sobre las tablas y Bigla The Kid se sumó a la fiesta para interpretar «Bling Bling». Era el momento del ascenso, de cuando Delaossa empezó a despuntar y a ganar dinero con la música. Una etapa de éxito que tuvo en «Ojos verdes» uno de los grandes momentos de la noche y, para quien escribe, uno de los primeros grandes descubrimientos del concierto.
Porque esa fue una de las grandes sorpresas de la noche. Lo que podía haber sido simplemente una sucesión de canciones para sus seguidores se convirtió en una especie de catarsis colectiva. Delaossa utiliza su repertorio para repasar sus diferentes estados vitales y recordar de dónde viene: “No hay que olvidarse de dónde venimos. Por eso sigo cantando estas canciones porque yo ya no soy ese, pero lo he sido. Si te olvidas del sufrimiento que te ha costado llegar hasta aquí, nada tiene sentido y se pueden volver a cometer los mismos errores”.
El tercer acto, Rehab, fue el más crudo. El relato de la caída en las adicciones, la recaída y el camino de vuelta ocupó buena parte del discurso. «Nueva Season», con ese “casi tres años limpio” que aparece en su letra, es un buen ejemplo del nivel de confianza y transparencia con el que Delaossa se desnuda ante su público, compartiendo episodios difíciles de su vida y convirtiendo sus canciones en una especie de diario personal.
En ese contexto llegó uno de los momentos más emotivos de la noche. Delaossa dedicó «Pájaros de barro», de Manolo García, a quienes están luchando por superar una adicción o una enfermedad y, especialmente, a su madre, para quien aseguró que es su canción favorita. “Quien se la sepa, que la cante”. Y claro que se la sabían. Es Jardí se convirtió durante unos minutos en un gigantesco karaoke antes de que «Veneno» disparase de nuevo la fiesta hasta alcanzar uno de los puntos de máxima participación de la noche.
La intimidad volvió con «Limón y sal», una de las canciones de La Madrugá, su último trabajo, presentada en directo como “la canción más difícil de escribir de mi vida”: “¿Alguna vez has querido no ser tú? Porque yo sí”. Unas palabras que resumen perfectamente el viaje que estaba planteando sobre el escenario.

Y entonces llegó «El patio». La guitarra de Jota, introduciendo la canción, dejó al público boquiabierto y arrancó una ovación antes de que Delaossa retomase la voz. A partir de ahí, miles de voces cantando al unísono demostraron que algunas canciones han dejado de pertenecer únicamente a quien las escribió para convertirse en patrimonio emocional de quienes las escuchan.
El cuarto y último acto, La Madrugá, nos situó en el presente. El disco sirve como punto de partida para esta nueva etapa de Delaossa, que mantiene esa mezcla de tradición y modernidad que caracteriza su música.
“Que no se pierda la identidad de los sitios”, reclamó durante la noche. Y quizá esa sea una de las claves para entender por qué funciona su propuesta: detrás de las bases y los ritmos urbanos hay una identidad muy reconocible, profundamente malagueña y andaluza, que no necesita renunciar a sus raíces para mirar hacia delante.
El concierto terminó con «Still Luvin’», canción que Delaossa comparte en La Madrugá con Quevedo y Bigla The Kid. Para despedirse, subió al escenario a tres niños que habían preparado una pancarta con su nombre y un escudo del Málaga. Una imagen que resumía perfectamente la relación que se había construido durante la noche entre el artista y un público que había cantado, saltado y bailado prácticamente desde el primer acorde.
Hora y media después, quedaba claro que la duda inicial estaba resuelta. No hace falta ser seguidor del género urbano para disfrutar de Delaossa. Basta con dejarse llevar por un directo explosivo, una banda perfectamente engrasada y una historia que habla de caer, tocar fondo y encontrar el camino de vuelta.
Delaossa convirtió Es Jardí en una plaza de El Palo. Una plaza de barrio trasladada por unas horas a Mallorca donde las rimas se mezclaron con rumbas, las bases con guitarras y la fiesta con un relato de vida. Una noche que empezó como un concierto de música urbana y terminó siendo, para muchos, una celebración de la superación.
Y quizá esa sea la mejor forma de resumirla: caer, levantarse y seguir bailando.











































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