
Hay músicos que se construyen para la foto y músicos que se construyen para la canción. Joan Roca pertenecía sin discusión a la segunda estirpe, la más difícil, la que rara vez sale premiada con portadas pero sin la cual ningún grupo memorable termina de sostenerse en pie. Ha muerto esta madrugada en Mallorca, a los 53 años, —una edad que ya no suena a tragedia abstracta, sino a robo en toda regla—, peleando contra un cáncer que no le impidió seguir subiéndose a un escenario mientras el cuerpo se lo permitió.
Reconozco enseguida cuándo un bajo es el esqueleto silencioso de algo grande. El de Roca lo era. Miembro fundador de Antònia Font en 1997 junto a Pau Debon, Joan Miquel Oliver, Jaume Manresa y Pere Debon, formó parte de una banda que hizo algo que casi nadie consigue: convertir la ciencia ficción de garaje y el humor absurdo en un idioma pop reconocible al primer acorde. Discos que no suenan a nostalgia de tienda de discos; suenan, todavía hoy, a algo que se está inventando en tiempo real. Ese descaro necesitaba una base que no temblara. Roca era esa base.
La banda se despidió en 2013, como se despiden las cosas que saben que volverán si tienen algo que decir, y en 2022 lo hicieron con «Un minut estroboscòpica», recibido con el cariño de quien reencuentra a un amigo que nunca dejó de estar ahí en realidad. Pero reducir a Roca a Antònia Font sería cometer el mismo error que cometen tantos obituarios perezosos: mirar solo el titular. En 2014 entró en Dinamo de la mano de Fede Fossati, banda que fusiona el ska y el rock con ritmos latinos hasta destilar algo que ya merece nombre propio, el latin-ska, una etiqueta que suena a invento de mercadotecnia hasta que la escuchas y entiendes que es, sencillamente, precisa. Y más recientemente, ya en plena etapa de explorar sin miedo, se sumó a Geometrical Sardine junto al guitarrista Jaume Rosselló y el batería Pep Aspas, con quienes publicó «Minialien» (2022) y «Last Flight Before Extinction» (2025), dos discos que navegan el jazz progresivo sin ataduras y, contra todo pronóstico para un género que a veces se pierde en su propio virtuosismo, encuentran puerto.
Tres bandas, tres lenguajes distintos, un mismo instrumentista de perfil discreto sosteniendo cada uno de ellos con la misma entrega silenciosa. Eso no es versatilidad de currículum: es vocación de servicio a la canción, la clase de carrera que solemos subestimar porque no da titulares fáciles.
No hace falta que exagere lo que ya es suficientemente cierto: la escena musical balear pierde hoy a uno de sus pilares menos visibles y más determinantes. Pierde a uno de sus artesanos más constantes. Quienes lo conocieron hablan, además del músico, de la persona. Esa calidez que uno no siempre encuentra en quienes llevan tres décadas subidos a un escenario y que, por lo visto, Joan Roca nunca dejó en el camerino. Vaya esto, con todo el respeto que merece, para su familia, sus compañeros y para una isla entera que hoy suena, injustamente, un poco más silenciosa.


























No hay comentarios