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Publicado el 9 mayo, 2021

Mon Joan Tiquat: «Un alter ego ayuda a tener los pies en el suelo»

Por Víctor Manuel Conejo Manso
Fotos de Toni Verd

“Un minut de sol / I un moment tot sol / Pot curar-ho tot / Quasi tot
(…) Tot té un sentit / amb un minut de sol”
Un minut de sol, décimo corte de Es temps i sa llavor.

Ya tengo tres.

Con determinados discos pasa algo curioso. Cierto es, muy cierto, que la capacidad potenciadora de la abstracción que tiene la música es única. Puedes quedarte absorto delante de un cuadro, una escultura o un edificio. Incluso, aunque ya pasa a la categoría de patología (en concreto, a la de patología social), uno puede quedarse quietamente abobado ante un incendio o ante una victoria de la derecha en unas elecciones. Pero el embeleso que puede generar la música es singular y es exclusivo. Ninguna otra expresión artística puede provocar algo así. Solo a veces la danza se acerca. Pero solo a veces.

La primera vez que escuché Es temps i sa llavor de Joan Vila (pronúnciese «Mon Joan Tiquat») pasó algo curioso. De repente, pasados solo unos segundos después de que empezase a sonar la primera canción del disco, me pareció detectar una curiosa quietud en el ambiente. Algo no natural, o dicho de manera más precisa, algo sobrenatural. Entonces me asomé al balcón de mi casa, y encontré la razón a aquella chocante, insólita sensación: el mundo se había parado. Bajé a la calle para cerciorarme, y efectivamente: las cajas de los supermercados estaban a media cuenta, los semáforos en ámbar no parpadeaban, y pasó más de una hora siendo las 11:33 de la mañana. Incluso cuando volví a casa el café que me había hecho para tomármelo mientras escuchaba el disco seguía caliente. No se había enfriado ni lo más mínimo.

Así que hice lo único que se podía hacer en aquel momento eterno, que era también lo único que me apetecía hacer: seguir escuchando el disco.

Ya tengo tres. Con este ya son tres los trabajos que ubico como firmes candidatos a mejor disco del año (local o nacional, el añadido es lo de menos): Arise de Pere Bujosa, Sentimental Vol. II de Jordi Maranges y Es temps i sa llavor de Mon Joan Tiquat.

Joan Vila y su idem ego Mon Joan Tiquat no tienen ni 30 años pero ya acumulan una carrera frondosa y fructífera principalmente en el mundo del teatro, para el que ha creado desde estrictos espacios sonoros hasta piezas completas. Por citar algunas: Sentinel (2017), Water Falls (2018), Anatomia de la por (2019), Guaret (2019), Excalibur i altres històries d’animals morts (2019), Antígones 2077 (2020), Paradís (2020), Loopera (2020) o Las pequeñas cosas (2021). También es integrante de las bandas de Roger Pistola y Xanguito. El lapso temporal provocado por la pandemia y sus cuarentenas y semicuarentenas le ha proporcionado el tiempo libre suficiente para componer, tocar, grabar y producir al 100%, y también autoeditar, su primer disco en solitario, Es temps i sa llavor. ¿Os acordáis cuando, hace poco, la Tierra dejó de dar vueltas sobre sí misma durante un tiempo? Sucedió porque fue en ese momento cuando Vila/Tiquat publicó su disco. Durante ese periodo de tiempo todo giró alrededor de la música, los textos y el álbum que ha escrito este hombre.

Un detalle antes de empezar. He preparado esta entrevista como no lo había hecho nunca: hace dos minutos, he salido uno al sol. Después, en el segundo minuto, he escrito todo lo que se me ha ocurrido que quería preguntarte.

Una gran idea. Creo mucho en el sol.

Una metodología muy clarificadora de ideas. Creo que a partir de ahora prepararé así todas las entrevistas.

Es por la energía que da.

Ya con la entrevista en sí, empecemos con algo simple y ligero: eres muy buen observador del mundo exterior, y parece que también del interior. ¿Cómo te llevas? ¿Te quieres? ¿Te caes bien?

Creo que sí. Diría que me caigo bien. Intento cuidarme y sobre todo ser sincero, que es un trabajo difícil. De siempre pongo sobre papel lo que pienso porque escribir siempre me ha resultado terapéutico. Pareciera que en las letras no se puede mentir.

¿No? ¿Eso lo sabe Bob Dylan?

Es una opción terapéutica que me funciona a mí. En estas letras me he sincerado bastante, siendo consciente de que a veces pueden parecer crípticas, o poco directas. Este trabajo me ha servido para conocerme mejor, además de que cuando tienes que enumerar tus pensamientos, ponerlos uno detrás de otro, y encima crear una belleza, una estructura, rimas, sonoridad, ves cómo a menudo la misma forma de las canciones te dice qué palabras entran, o cuáles no encajan. Tienes que escogerlas muy bien, y aun así puede que una palabra entre mejor que otra que habías pensado pero no exprese exactamente lo que quieres decir. Descubres cómo la canción da forma a tu pensamiento.

Todo esto viene a colación de la primera cuestión evidente: este disco lo ha publicado Tiquat, no Vila.

¡Sí! El nombre es un juego de palabras de hace años. Me sirve como alter ego o… más bien es algo raro que no puedo deshacer. De adolescente grababa vídeos que firmaba como «Mon Joan Tiquat», con ese juego de palabras de «monjo antiquat». Y ya como profesional me encontré con que me daba vergüenza firmar como Joan Vila. Casi lo primero que hice fue un musical, del que escribí la dramaturgia. A la hora de poner «Un musical de…» me dio un apretón, un ataque de responsabilidad. Y lo he seguido haciendo porque me ayuda a tener los pies en el suelo, a no darme importancia y a hacer las cosas porque realmente me apetece y disfrutándolas, aunque todo ello se haya convertido en un oficio y en mi profesión. Aunque es muy divertido verlo en prensa u oírlo en boca de un cargo en una presentación. Lo importante es que me sigue dando un ligero vuelco al oírlo, porque no son opuestos ni uno oculta al otro. Soy bastante transparente, y tanto da Tiquat que Vila.

Estás llevando a cabo la performance más larga de la historia.

¡Espero que no! Significaría que llama más la atención un nombre extraño que el trabajo de Joan Vila.

He llegado a pensar que Vila no existe y que es una invención de Tiquat.

[ríe] Si lo piensas, es un nombre que me han impuesto. Yo no lo he elegido.

Menos mal que sois convivientes, sino hoy día sería un problema, incluso legal. ¿Hay más gente ahí dentro? Es decir, ¿quién carga con el ego?

¡Uf! No, afortunadamente. Como digo, solo hay uno y transparente, precisamente porque intento luchar contra el ego.

Has redefinido el concepto de «heroico». ¿Cómo has aguantado tanto sin publicar estas 16 canciones -no las habituales ocho, diez o doce- que cada día te daban los buenos días y las buenas noches?

Tal vez simplemente llegó el momento. Con la pandemia es cuando he tenido mucho tiempo para hacerlo.

¿Qué periodo abarcan? ¿Qué tiempo tienen la más antigua y la más nueva?

Cinco o seis años. Tenía muchos apuntes, papeles escritos, notas en Word, notas de voz en el móvil… A veces las tocaba, escribía parte de las letras, y sí que me decía «tengo que grabarlas». Un gran por qué de publicarlo ahora es que me recordó que querría haber conservado canciones escritas con 10 o 15 años. Tal vez hoy me sonarían cutres, o pomposas, pero me encantaría poder escucharlas. Es lo que quiero poder hacer dentro de veinte años: escucharme y ver lo que pensaba y cómo pensaba, o cómo tocaba cuando las escribí. Afortunadamente tengo mucho trabajo haciendo música para otros, y no puedo dejar un ensayo que implica a cuatro o cinco personas, o un concierto, porque quiera hacer cosas para mí. Me resulta difícil anteponer proyectos personales. Ha tenido que llegar una pandemia mundial para que me parezca oír «Te toca». Y lo he hecho sin más pretensión que cerrar ese proceso, alimentar mi biblioteca personal aunque estén en Spotify o en un cedé.

A Roger Pistola le llamé «genio», a ti «héroe». «El genio y el héroe» es un gran nombre para un grupo. Aunque el primer disco debería titularse «Pretenciosidad».

[ríe] A él se lo permitimos. Es un referente en Mallorca de buen gusto y musicalidad. Muchos me dicen que se le oye en mi disco, que tiene presencia. Le he escuchado muchísimo, es una gran influencia a la hora de sacar acordes o enfocar letras. Y al final poder tocar con él y decir que es mi amigo, casi no me lo creo.

Te harán mucho la broma de «siempre con una pistola al lado».

No creas.

O como canta otro grande, Joan Roig de Saïm: «El meu pitjor enemic, sempre al meu costat»

Exacto.

Existe el síndrome del primer disco. Superado, llega el síndrome del segundo disco. Que en tu caso no existirá, porque ni idea de cuándo va a existir, aunque ya haya ideas o canciones.

Exactamente. Además, ya en este puse el freno por la pura vertiente comercial. Tengo más canciones, pero quise que fuesen 16 porque ya es un disco muy largo para lo que la gente está acostumbrada. Y me gusta que sea ecléctico en maneras y épocas. Un viaje raro. Me considero pianista, y me siento ante el piano cada día. Escribo constantemente, pero para piano. No sé si habrá segundo cedé. Me encantaría porque significaría que estoy animado, que brota la creatividad y que la gente quiere más.

Me gusta quedar con gente para escuchar discos. Invité a una amiga poeta, simplemente, «a cercar es temps i sa llavor». Le gustó esa idea sencilla y vino. Le maravilló, y también me pidió que te preguntara si sabes que eres poeta. «Fíjate que palabras más sencillas utiliza pero mira todo lo que está diciendo», afirmó.

¡Qué va! Me gusta jugar con las palabras, buscar la rítmica. Me encanta que una poeta lo crea, porque nadie nace enseñado y hay que ir aprendiendo. Y sobre todo que diga que en mis textos hay cosas que buscar y encontrar. Me licencié en teatro de texto, y busco textos que me atrapen, en teatro, novela o lo que sea.

Porque como le pregunté a Roger, ¿escribes canciones para ti o para el mundo?

Siempre en las dos direcciones. O diría que más para el mundo, para expresarme hacia todo el mundo. Para desnudarme. Para compartir puntos de vista que sé que mucha gente comparte, que se ve reflejada, o que lo entiende a su manera y por eso conecta. Y si tras todo eso la parte musical le cuadra, es que realmente le gusta tu canción. Muchos escuchan a partir de la letra, cosa que a mí no me pasa porque voy de cabeza hacia la música, las armonías, etc. Tal vez me venga de haber escuchado mucha música inglesa, con la que siempre te entra primero la melodía. Escribo para que la gente haga suya las canciones, que se las quede, que le recuerde momentos, que le lleve a cantar en la ducha, que le haga disfrutar, flipar, y también pensar.

Fantástico, pero en este punto hay que reñirte: te has dado cuenta de que los tiempos verbales que definen el mundo son «passat, present i fotut», y que lo encantador de la vida está «en estar junts en el moment just». Es como cuando alguien cuelga una foto de una cala minúscula y encantadora, que piensas: «¡No digas dónde está!». Tú te has dado cuenta de lo importante, de lo vital, ¡y vas y lo cuentas! No te has guardado nada.

¡Exacto! No me he querido guardar nada, aunque puede que haya tantas interpretaciones como gente la escuche, incluso muchos que no lo hayan ni pillado. Tampoco son verdades absolutas. Muchas frases me han salido tan contundentes por pura métrica y rima. Tal vez si le hubiese puesto otra música habría escrito otra letra y otras verdades.

Hay canciones que parecen surgir del puro juego con la técnica, como en las que mezclas diferentes tempos.

Así es, porque siempre he pensado que es importante estirar esa disciplina de la técnica. Cuando escucho una canción y no sé que compás lleva me vuelvo loco. De hecho, me resultan mucho más naturales y orgánicos los compases irregulares frente a lo que suena cuadrado. Lo que es así, pam-pam, es casa, es seguro, es militar. Acabará, es cíclico. Pero jugar con métricas diferentes hace que la música esté viva, que sea como un líquido. Así consigues mantener la atención y que escuchar música no acabe siendo tenerla simplemente de fondo.

Y todo ello lleva a pensar en el directo: con esa exuberancia técnica y musical, ¿te lo has planteado?

Vagamente, y muchos lo preguntan. Pero precisamente quería comprobar si la gente tenía ganas de directo o si les bastaba el disco, que siempre sonará perfecto. Hago música para que se escuche, y en directo llevaría mucho trabajo detrás porque lo concibo como espacio para la creatividad y la hermandad. Tendría que ser con gente que pueda dedicar mucho tiempo, lo cual es muy complicado porque serían profesionales que viven de esto. Habría cuota de colegueo, pero tendría que salir a cuenta para todos, y la realidad musical es muy compleja, deprimente. Y no solo por el Covid. Alterar el modo de vida de esos músicos profesionales, o mi misma agenda, es muy complicado a pesar de estar todos curtidos en el directo.

Te imagino de acuerdo con Miles Davis, quien fichaba virtuosos en sus proyectos para luego afirmar que en el directo lo más importante no es clavar el tempo y cada nota.

Por supuesto, totalmente. La música tiene que sonar increíble. Tiene que ser un lenguaje. De hecho, más que hacer mis temas tengo ganas de tocar con gente. O incluso tener mi música de base para lanzarse a crear otra cosa. Y sin necesidad ninguna de dirigir yo esa banda.

Se intuía que tu directo no clavaría el disco sino que buscaría proponer, ofrecer más música. Y eso que precisamente llama mucho la atención que este disco autoeditado está muy bien producido.

Así lo querría. Y sobre la producción, he querido ser muy pulcro, muy “productor”, pero manteniendo una pátina casera, como si grabando se me hubiera ido la olla y una banda me hubiera seguido. Que fuera fresco, aunque sin olvidar que hay una parte de piñón fijo. Has escrito tu música y el bajo tiene que estar donde tiene que estar, haciendo las tónicas. Entre una cosa y otra llegar a que sea un viaje, una historia y una experiencia, lo mismo que tendría que ser el directo. Y me frustraría mucho no conseguirlo en el escenario.

¿Han discutido Tiquat y Vila sobre cómo encarar algunas músicas? Porque eso llegaría a la banda caso de haberla.

[ríe] No soy tan bipolar. Además, cada vez confío más en el tipo de músico a quien no importa decirle nada. Te escucha, te sigue, y conversa contigo en el escenario. Puedes puntualizar, pero trabajando por encima de todo eso. Porque tocar con grandes músicos tira de ti para intentar tocar cada vez mejor, algo que he comprobado y me sucede.

El contrabajista de jazz Pere Bujosa me explicaba que obviamente necesita para su banda gente de muy alto nivel, y que así consigue dos fundamentos: no tener que explicar cómo tocar su música, y que saben de antemano lo que significa tocar con él.

Es así. Porque exactamente ahí es donde empieza la música. Todo lo anterior no es más que aprender: años y años de acordes, teoría, armonías… Cuando lo dominas es cuando puedes empezar a hablar a través de la música. Hubo una época en la que dejé de creer que la música podía transmitir cómo te sientes. Solo existían escalas, modos, fórmulas que funcionaban y otras que no. Y punto.

Qué enfadado con la música, el público y el mundo debías estar.

No, era porque la música solo era trabajo. No puedes trasmitir sentimientos si no dominas las herramientas. Cuando las fui controlando es cuando empecé a ver la música de manera diferente y a pensar que sí era posible describir una montaña nublada en un domingo. Antes era «això és do o fa, què putes de muntanya». Cuando empiezas tienes más sentimiento que técnica, y se puede trasmitir, pero enseguida llegas a un límite, y es cuando muchos se atascan porque hay que poner codos. Pero si lo haces es cuando puedes crear música al instante y transmitir mucho más. Eso es lo que quiero para el directo, que tengan ese nivel con el cual podamos hablar con la música. Sin descartar al otro tipo de músico, y sabiendo que no me considero especialmente buen músico.

Como corolario: siempre hay que preguntarse cuánta distancia hay entre el artista y la obra. Si se va por la vida con la misma actitud que se canta, si quien se expone en los textos también existe en el día a día. O si las canciones están para crear, vivir mundos que uno no tiene, o no ha sabido tener. Si uno es su música, y su música es uno mismo.

Creo que sí. No sé si el 100% es posible, pero soy el mismo en lo melodramático y en lo cotidiano. Intento ser transparente y poco pretencioso, sabiendo que en una canción te expresas de manera comprimida. Porque lo imposible y lo increíble está cada día. No hace falta recrear mundos de magia y fantasía porque la cotidianidad puede tener muchas complejidades y riquezas.

Entonces, como en Roger, no hay personaje ni en Tiquat ni en Vila.

Soy así, por suerte. Y también creo que en la música debe existir esa gente que parece sencilla pero que luego en la calle llama la atención. Podría inventarme un personaje, pero ya está Mon Joan Tiquat para que la gente diga «¿quién coño es este pavo y qué quiere exactamente?». Esa pequeña dosis me gusta. Soy la misma persona en el sentido de que busco alcanzar algo extraordinario con humildad para no ser gris y aburrido. Busco tener ideas, ser fresco, orgánico, generoso intentando dar lo mejor. Y la música es mejor marco que la cotidianidad para buscarlo. Si te creas un personaje tiras tierra sobre ti mismo porque un día tendrás que descifrarlo. O tal vez la gente se enamore de ese personaje y cuando te conozca se defraude. Prefiero que la gente escuche mi música y que luego cuando hable conmigo diga: «Sí, es él quien escuchas en esa música».

Mon Joan Tiquat

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Periodista de Cultura desde 1997. Lo último, 18 años en Diario de Mallorca (también como diseñador editorial). Antes recuerda haber pululado por Cadena Ser/Radio Mallorca, IB3 TV/Ràdio, Mondo Sonoro Balears, Youthing o Radioaktivitat, más diversas promotoras, productoras, agencias de comunicación, centros de creación y gestión cultural, etc. Ingresos extra como DJ y liante.

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