
Medio siglo de discografía, un puñado de idiomas prestados y una voz que se negó a quedarse en una sola orilla: por qué la cantante de Palma sigue siendo la referencia obligada de la canción en catalán
Hay artistas que hacen carrera y artistas que hacen mapa. Maria del Mar Bonet pertenece a la segunda categoría, y lleva haciéndolo desde que era una veinteañera de Palma que cambió el torno de alfarero por la guitarra y se plantó en Barcelona dispuesta a cantar en una lengua que el franquismo prefería silenciada. Más de cincuenta años y varias decenas de discos después, su nombre sigue funcionando como sinónimo de una idea muy concreta: que el folk no tiene por qué ser un museo, y que el Mediterráneo —con sus mil orillas, sus mil acentos y sus mil maneras de llorar una despedida— cabe entero en una sola voz si esa voz sabe escuchar.

De la escuela de cerámica a Els Setze Jutges
El origen de la historia tiene su gracia. Bonet nació en Palma de Mallorca en 1947, hija de un periodista y escritor, y se formó como ceramista en la escuela de artes y oficios de su ciudad y luego en la Escola Massana de Barcelona. El oficio manual, sin embargo, quedó como afición de trasfondo: en 1967 se sumó a Els Setze Jutges, el colectivo que dio forma a la Nova Cançó, ese movimiento que convirtió el catalán en herramienta de resistencia cultural frente a la dictadura. No era un gesto menor. Cantar en catalán en la España de finales de los sesenta era, como mínimo, un acto incómodo para las autoridades; Bonet lo convirtió en oficio y en bandera.
Sus primeros discos —editados entre 1970 y 1971— ya dejaron una de esas canciones que se quedan pegadas a una generación entera: «Què volen aquesta gent?», escrita junto a Lluís Serrahima en memoria de un joven antifranquista muerto tras una redada policial. La canción, editada al año siguiente de los hechos, terminó convertida en himno antifranquista, y su versión de «L’àguila negra» (adaptación de un tema de la francesa Barbara) le valió un Disco de Oro en 1971. A los veinticuatro años, Bonet ya sabía que una canción bien construida podía doler y consolar al mismo tiempo.
Miró en la portada, Rosselló-Pòrcel en la letra
En 1974 llegó uno de esos discos que hoy se estudian casi como objeto de coleccionista: el tercer álbum de Bonet ponía música a poemas de Bartomeu Rosselló-Pòrcel y Joan Alcover, contaba con la colaboración del cantautor madrileño Hilario Camacho y lucía una portada diseñada expresamente por Joan Miró. Ese mismo año, la cantante sufrió una breve detención después de que la policía encontrara en su domicilio propaganda considerada ilegal. La anécdota resume bien el personaje: una artista capaz de convertir la poesía balear en repertorio de estudio de grabación y, al salir del estudio, seguir siendo vigilada como una disidente cualquiera.
A partir de ahí, la discografía de Bonet se despliega como un atlas. «Alenar» (1977) y «Saba de terrer» (1979) consolidaron su sonido de raíz; «Jardí tancat» y «L’àguila negra» (ambos de 1981) y «Breviari d’amor» (1982) la instalaron como una de las voces mayores de la canción catalana adulta; y «Anells d’aigua» (1985) terminó por convertirse en título de referencia, tanto que décadas después una nueva generación de músicas mediterráneas seguirá citándolo como punto de partida propio. No hay disco de Bonet que se limite a repetir el anterior: cada década trae un giro, y ninguno resulta cosmético.
El Mediterráneo entero, de Grecia a Turquía
Si algo distingue a Bonet de la mayoría de sus contemporáneos de la Nova Cançó es que nunca se conformó con mirar hacia dentro. A finales de los ochenta empezó a colaborar de forma periódica con el pianista Manel Camp, reinterpretando en clave de jazz tanto repertorio propio como estándares ajenos —de George e Ira Gershwin al poeta mallorquín Miquel Àngel Riera—, colaboración que dejó discos en 1989 y 2011. En 1993 dedicó un álbum completo a la obra del compositor griego Mikis Theodorakis, con letras adaptadas al catalán, y dos años después publicó «Salmaia», que incorporaba canciones del turco Zülfü Livaneli. Pocas cantantes de folk europeo se han tomado tan en serio la idea de que el Mediterráneo es una sola cultura repartida en varios idiomas.
Esa vocación exploradora explica también su rareza más comentada: «Bon viatge faci la cadernera» (1990), disco en el que se rodeó de músicos próximos a la experimentación —Joan Bibiloni, Javier Bergia, Luis Delgado— y que hoy se cita como precedente directo de propuestas mucho más recientes y minimalistas dentro del folk mediterráneo catalán. Bonet llevaba treinta años de adelanto sobre sus herederas sin que nadie se lo hubiera puesto en un titular.
Duetos con medio mapa musical
La lista de colaboradores de Bonet a lo largo de su carrera funciona casi como una guía turística del pop y la canción de autor: Lluís Llach, Ovidi Montllor, Quico Pi de la Serra, Manolo García, Martirio, Amancio Prada, Loquillo, Miguel Poveda… y también nombres que cruzan fronteras, como el brasileño Milton Nascimento, el bailarín Nacho Duato, la portuguesa Dulce Pontes, la griega María Farantoúri, la italiana Milva, el chileno Quilapayún o el francés Georges Moustaki. Pocas artistas de su generación han tejido una red de complicidades tan amplia sin perder nunca el acento propio; en cada dueto, Bonet suena reconociblemente ella misma, algo que no todo el mundo puede decir tras medio siglo de carrera.
Premios, honoris causa y una calle sin nombre todavía
El reconocimiento institucional a Bonet llegó pronto y no ha dejado de acumularse: Creu de Sant Jordi en 1984, Premio Ramon Llull en 1999, Medalla de Honor del Parlamento de Cataluña en 2007 —el mismo año en que publicó «Terra secreta» y presentó junto al cantaor Miguel Poveda el espectáculo «Els treballs i els dies»—, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2011, doctorado honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares en 2012 y por la Universidad de Lérida en 2009, Medalla de Oro de la Comunidad Autónoma de Baleares en 2017 y Premio Nacional de Cultura de Cataluña en 2020. Hay incluso un detalle curioso que suele sorprender a quien no conoce a fondo su biografía: el 5 de agosto de 2005 se proclamó oficialmente «Día de Maria del Mar Bonet» en la ciudad de Providence, Rhode Island, en Estados Unidos. Pocas cantantes en catalán pueden presumir de tener un día del calendario reservado al otro lado del Atlántico.
La influencia que no deja de crecer
Lo más llamativo de la trayectoria de Bonet no es solo lo que hizo, sino lo que sigue provocando. Una nueva generación de artistas mediterráneas —Tarta Relena, Júlia Colom, Maria Jaume, Anna Ferrer, Clara Fiol, Joana Gomila, entre otras— reivindica abiertamente su legado como punto de partida para pensar la tradición oral catalana y balear desde la vanguardia, la electrónica o el minimalismo. Donde las generaciones anteriores tuvieron que buscar referentes en la cultura anglosajona para construir una identidad propia, las músicas nacidas a partir de los años ochenta han podido volver la mirada hacia una raíz cercana: la que Bonet dejó sembrada. Es, dicho sin exagerar, uno de los pocos casos de una artista que fue disruptiva al reivindicar la tradición cuando eso resultaba incómodo, y que décadas después sigue siendo citada como la que abrió el camino para que otras pudieran hacerlo sin tener que justificarse.
Una discografía que no cabe en un solo disco
Cualquier intento de resumir a Bonet en un álbum está condenado al fracaso. Están los discos de la etapa fundacional (1970, 1971, 1974), el directo grabado en el Olympia de París en 1975, los títulos centrales de los setenta y los ochenta («Cançons de festa», «Alenar», «Saba de terrer», «Jardí tancat», «Anells d’aigua», «Gavines i dragons»), la etapa de fusión jazzística con Manel Camp, los discos dedicados a Theodorakis y a Livaneli, los noventa de «El·las» y «Salmaia», el cambio de siglo con «Cavall de foc» y «Raixa», los homenajes a poetas como Bartomeu Rosselló-Pòrcel en «Fira encesa» (2013), y trabajos ya del siglo XXI como «Amic, amat», «Terra Secreta», «Bellver» o «Ultramar» (2017). Ningún disco sustituye al resto: cada uno añade una pieza a un mapa que, medio siglo después, sigue sin estar terminado.
Por qué seguir escuchando a Maria del Mar Bonet hoy
Puede que hoy el algoritmo ofrezca mil playlists de «folk mediterráneo» sin que el oyente sepa muy bien de dónde viene esa etiqueta. La respuesta, casi siempre, está en Bonet: en su manera de tratar la voz como instrumento capaz de sonar ancestral y minimalista a la vez, en su insistencia en que el catalán podía ser lengua de vanguardia y no solo de resistencia, y en su convicción —sostenida durante décadas sin necesidad de proclamarla— de que el Mediterráneo es un territorio común antes que una frontera. Escuchar hoy «Anells d’aigua» o «Salmaia» no es un ejercicio de nostalgia: es comprobar que hay discos que no envejecen porque nunca estuvieron pensados para una sola época.
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