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Publicado el 2 junio, 2021

Eres un músico traidor, y lo sabes

Por Julio Molina
Johnny Ramone a lo Bowie - Mallorca Music Magazine
Johnny Ramone maquillado como David Bowie (fotomontaje)

Sucede en la vida de un músico que tarde o temprano se ve en la disyuntiva de tener que elegir entre el modelo Ramones o el modelo David Bowie, es decir, seguir obstinado en sonar a sí mismo (incluso autoplagiarse) o buscar nuevos horizontes y entrar en otros jardines musicales para poder crecer.

Respecto a tomar esta decisión, lo normal es que no sea algo forzado y que responda a la propia naturaleza personal del músico, pero es una de las cosas que más quebraderos de cabeza y disgustos le puede traer a uno. De cualquier modo da igual, ocurra lo que ocurra, el músico decepcionará a algunos, eso está claro.

Cuando uno empieza y se lanza en plancha en esta aventura de ser músico (normalmente en la adolescencia), no se suele preocupar por estos asuntos, sobre todo porque bastante tiene ya con hacer que el instrumento suene mínimamente, y también porque aún no tiene ni idea de cómo va a ser su sonido. Las únicas herramientas que tenemos en ese momento son las cuatro clases que hemos tomado y los discos que hemos escuchado e intentamos emular con más pena que gloria. El problema viene después, al intentar avanzar. A partir de ahí ya empieza lo de perder frescura, madurar, no ser los mismos y demás traumas.

Nos ocurre una cosa muy rara, fíjese usted, que cambiamos. En la vida real nos pasan cosas, escuchamos otras, nos cansamos de algunas, nos ilusionamos con nuevas ideas e incluso renegamos de otras que nos fascinaron en otro momento. Algo que es perfectamente entendible a nivel personal y emocional, a veces no se comprende cuando el músico lo plasma en su obra. El consumidor de ésta suele quedarse anclado al recuerdo de las canciones que han formado parte de su vida y de cómo era él antes, en un absurdo ejercicio de nostalgia (a mi entender), pero que hay que respetar también, que remedio.

Hay artistas que a lo largo de su carrera han hecho giros poco predecibles con audacia, que no han defraudado ni traicionado a nadie y han sido entendidos, pero muchos otros pagan un alto precio por no haber hecho lo que se esperaba de ellos.

No hace falta tampoco renegar de lo que uno hizo musicalmente en su momento y desentenderse de su legado como si este no hubiese existido. Hay muchos artistas que son extremadamente crueles consigo mismos, y seguramente necesitan un tiempo para volver a reencontrarse con el artista que fueron. Así le pasó, por ejemplo, a Christina Rosenvinge, que tardó años en volver a reinterpretar esas canciones de su primer disco y, cuando lo hizo, aunque solo de forma muy puntual, resultó una agradable sorpresa para sus fans indies actuales, que lo vieron como un guiño al pasado sin más dramatismos.

Aún no ha llegado a ese punto mi amigo Lichis de La Cabra Mecánica que, a pesar de ser uno de los mejores letristas y compositores de este país, no quiere saber nada de esa etapa suya tan brillante y está centrado únicamente en lo que hace actualmente, y me parece muy bien. Su caso es muy particular de cualquier modo: el sonido de La Cabra Mecánica se comercializó hasta la extenuación, incluso se le pidió en una surrealista maniobra comercial que cantase una canción que habían escrito otros imitando su sonido (para un anuncio de la ONCE). Eso fue el colmo, suficiente como para que a cualquiera le explote la cabeza y lo mande todo a la mierda como hizo él, para poder seguir creciendo como artista y olvidarse de aquellos que le piden aún hoy en día, para su disgusto, La Lista de la Compra.

Otros, como Bono de U2, han llegado a reconocer incluso que están cansados de su sonido (nosotros también, Bono). El problema es que quizás su sonido se ha globalizado y ha sido asumido por todo el mundo, al igual que pasa con el de Coldplay, Queen o Police, y quizás el único remedio sea enfriar el asunto y desaparecer unos años para luego volver, haciendo lo mismo pero cuando ya nadie se acuerde.

En cambio el fan de AC/DC o Rosendo lo pone más fácil, ya que está encantado con lo mismo y mantiene su fidelidad contra viento y marea, haciéndole la vida más fácil al artista (algunos tienen suerte).

Lo que está claro es que hay una franja de edad (entre los 15 y los 25) en la que la música que escuches va ser la banda sonora de tu vida, sobre todo porque es esa franja donde te pasan cosas increíbles por primera vez y esas canciones que te acompañaron, en cierto modo, son algo tuyo también, y precisamente por eso las llevan en el repertorio muchos artistas. Si no, ¿de que iban a seguir tocando Satisfaction los Stones? Lo hacen para ti, que te «engorilas» al escucharla y se te olvida por un instante que ya tienes canas. Pero, ¿tienen la culpa de eso los músicos?

Para eso encontró un magnífico remedio el bueno de Lou Reed (que no simpático), que tenía un caché más caro para bolos con el dichoso Sweet Jane y otro más normalito con los temas que a él le daba la gana, para que el promotor decidiese si quería abrir más la cartera o no. Mejor aún es lo de Bob Dylan, que no toca Knocking on Heavens Door ni Blowing in the Wind y punto. Pero claro, no todos somos Bob ni la mayoría nos podemos permitir ese tipo de lujos, si no todos seríamos Premio Nobel, o algo peor.

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Publicado por:

Músico, cantante y compositor en Urtain. Colaborador musical en Cadena Ser / Radio Mallorca. Redactor en Mallorca Music Magazine.

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